jueves, enero 05, 2017

Nuevo voyeurismo

 Vaya por delante que no tengo absolutamente nada en contra de la época navideña, y eso que todos esos irritantes villancicos cantados por niños muertos, especialmente los que suenan en los centros comerciales, son motivo más que suficiente para redactar una misiva declarándole la guerra al mundo occidental. O para encerrarse en casa hasta que pasen estas fiestas, que se me antoja una opción más cómoda. Así que, en fin, voy a cerrar los ojos, respirar hondo y visualizar un campo de amapolas, o similar, antes de que sea demasiado tarde y me arrastre el creciente y feliz impulso de salir a la calle para arrojar piedras contra todas esas luces que decoran nuestra bonita ciudad para turistas.
 Además, siempre he sido un tipo elegante, o eso creo, y pienso que sería injusto, y sobre todo un mal comienzo, utilizar esta columna para abrir fuego contra la Navidad, cuando lo cierto es que esta nos ofrece todo tipo de elementos positivos, como todas esas buenas intenciones que flotan en la atmósfera, o la oportunidad, otra más, de entregarse sin reservas a la práctica del consumismo más desatado. Eso quien pueda desatarse de algún modo, porque yo no soy más que un pobre último modelo que no puede permitirse acariciar ni en la distancia la felicidad efímera que proporciona dilapidar un sueldo en todo tipo de innecesarios productos. Con lo que me gustaría a mí entrar en un Tiger con la cartera abultada y volver a casa con algo de la fruslería variada que allí se oferta. Y tener un catamarán, claro, pero no es el caso, ni creo que lo sea en el futuro. Así que me queda resignarme ante la imposibilidad del consumo, que también es señal de que uno sigue en pie, o pasearme por ahí para ser testigo mudo y boquiabierto del consumismo ajeno, lo cual me convertiría en un raro voyeur. Eso sí, en caso de inclinarme por la segunda opción, evitaré en la medida de lo posible atravesar la Vía Sindicato estos días, porque aquello, aun con menos turistas a la vista, está peor que nunca, intransitable, repleto de obstáculos humanos, y casi, casi como un metro en Tokio en hora punta, donde la humanidad ahoga. No más que aquí, en realidad. Lástima no ser Godzilla.

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martes, diciembre 06, 2016

Lo innecesario

Pues nada, que acompañada de un elenco formado por gente como Colin Farrell, Kirsten Dunst y Elle Fanning, Sofia Coppola rueda actualmente The Beguiled, nada menos que un remake del clásico homónimo dirigido por Don Siegel y protagonizado por Clint Eastwood en 1971. Y, de verdad, no es que la noticia me escandalice, porque ya llevamos toda una vida viendo cómo desde Hollywood se remakea esto y aquello con mejor o peor fortuna, pero que la sensible Sofia se haya atrevido a poner sus delicadas manos sobre el film de Siegel me obliga a hacerme una serie de preguntas. Porque ¿qué necesidad puede tener la hijísima de Francis de rehacer una película perfecta? ¿Se trata de algún tipo de desafío personal? ¿Se levantó una mañana y simplemente le dio por ahí? ¿O acaso una directora de su calibre no tenía a mano proyectos originales y merecedores de su atención y talento? Y sobre todo, ¿qué pensará sobre el asunto Clint Eastwood? Porque The Beguiled es también uno de sus grandes títulos. ¿Le parecerá todo esto tan absurdo como a mí, como a nosotros? ¿Le deseará suerte a la Coppola con su nueva empresa? ¿O simplemente estará esperando a que la directora se dé la hostia para a continuación sonreír de ese modo tan suyo?

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jueves, octubre 27, 2016

Sobre Suicide Squad

Suicide Squad (David Ayer, 2016) nos recuerda que la suma de los elementos, por buenos que estos sean, no garantiza absolutamente nada. Aun contando con los ingredientes para ofrecer un entretenimiento enorme, el resultado del film incumple las promesas de sus responsables y se encuentra a una distancia considerable de ser un buen trabajo. Pero sería injusto señalar sólo a Ayer, su director, como responsable absoluto de la catástrofe, pues es ya público que el acabado de la cinta ha sido poco menos que teledirigido desde más arriba: según las informaciones que han ido filtrándose aquí y allá, Warner y DC, sumidas en un estado de pánico tras la recepción crítica de Batman v Superman: Dawn of Justice (Zack Snyder, 2016), obligaron a Ayer a modificar el tono de su escuadrón suicida, más oscuro en principio, añadiendo nuevas escenas y mucho más humor, pues, ya se sabe, es vital captar a todo ese público familiar que hay ahí fuera. A esto hay que sumar la odisea posterior en la sala de montaje, donde el obediente director y su equipo, más refuerzos de última hora, tuvieron que buscar un producto más o menos intermedio entre su película y la versión solicitada por los mandamases, esfuerzo que desde luego no contribuyó a mejorar las cosas. A pesar de lo relatado, Ayer no ha dudado en asegurar una y otra vez que lo que se ha estrenado en salas es su director's cut, pero creo que todos podemos entender que su afirmación tiene mucho que ver con la prudencia de quien sólo quiere seguir ganándose las lentejas en Hollywood.
 Sea como fuere, y ya hablando en términos artísticos, Suicide Squad es un paso en falso dentro del flamante universo cinematográfico DC y quizás uno de los blockbusters más defectuosos que hemos visto en bastante tiempo. Porque esta película sólo puede ser disfrutada desde una perspectiva poco exigente, como placer culpable, o, como es mi caso, con la fascinación y el rechazo de quien, sin previo aviso, se encuentra expuesto ante la proyección del parto de un bebé contrahecho, producto de un embarazo con complicaciones insospechadas. Pero, al final, nada de esto parece importar demasiado, porque el público ha premiado a esta superproducción con una taquilla mundial que supera los 744 millones de dólares. Asumámoslo: la mediocridad sigue elevándose muy por encima de nuestras cabezas.

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martes, agosto 02, 2016

Unas líneas sobre STRANGER THINGS

Stranger Things (The Duffer Brothers, 2015) ha logrado ponerme en un punto intermedio entre el aplauso y el mohín de desaprobación. La serie contiene una importante suma de ingredientes que suelen entusiasmarme, cuenta con un magnífico reparto en el que se adivinan futuras estrellas -amén de recuperar a esa musa eterna que es Winona Ryder-, y logra no perder un ápice de interés durante el transcurso de ocho episodios que se devoran de un modo casi preocupante. Pero a pesar de sus no pocas virtudes y las horas de entretenimiento que ofrece, también tuve en más de un momento la sensación de encontrarme ante un producto no tan especial como algunos están afirmando y sin el cual, sinceramente, también habríamos seguido respirando sin problemas. Como tantos otros, a decir verdad.
Aun entendiendo el propósito de sus creadores -evocar una época merced a un remix masivo que bebe de innumerables fuentes-, su desaforado afán homenajeador, tan obvio y desprovisto de la menor delicadeza en ciertos momentos, logra ubicar la serie en el siempre discutible territorio de la fotocopia. Quizá sea ese, y solo ese, el único problema de Stranger Things, aunque no pierdo de vista que esto, finalmente, también dependerá de cada espectador y su respectivo grado de exigencia. Y admito que no sé en qué punto está el mío tras, a pesar de mis remilgos, haber disfrutado, sí, de tanta originalidad ausente.

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viernes, marzo 11, 2016

Hugh

Recuerdo que no logré entrar del todo en el ambicioso juego de Cloud Atlas (Lana y Lilly Wachowsky, 2012), pero admito que su abultado metraje me ofreció algo que, contra pronóstico, me entusiasmó: a Hugh Grant dando vida al líder de una peligrosa tribu caníbal del futuro. Aquello, cómo no, implicaba aparecer en pantalla poco menos que irreconocible, con falsos tatuajes de oscuras serpientes en el rostro, levemente ensangrentado, y un atuendo que contaba, entre otros elementos exóticos, con hombreras que en realidad eran maxilares humanos. Y qué bien le quedaba todo aquel festival al actor británico, quien de aquella guisa lograba desaparecer ante el espectador y apoderarse de la pantalla en presencia de un Tom Hanks que molaba muchísimo menos.

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martes, junio 30, 2015

Nuestros temores más profundos

Atención: este artículo fue publicado en el número 76 (agosto de 2014) de la revista Scifiworld.
Para que entendáis la poca poca importancia que en ocasiones le doy a la información cinematográfica, hasta este mes he logrado sobrevivir ignorando que Alejandro Amenábar concluyó el pasado mes de junio el rodaje de su nuevo proyecto, Regression (2015), supongo que ya en avanzada fase de posproducción. La película está protagonizada por la bellísima Emma Watson y Ethan Hawke, entre otros que no recuerdo, y en su argumento, que acabo de leer con divertido asombro, uno puede encontrar abusos sexuales, recuerdos reprimidos e incluso la posibilidad de que alguna secta satánica se manifieste en pantalla durante la proyección. En resumen, una colección de lugares más o menos comunes, una cornucopia de clichés que sin grandes dificultades podría dar pie a un infame subrproducto cinematográfico, de esos que, para colmo, al llegar los últimos minutos del previsible relato aún pretenden noquear al espectador con un inesperado giro final que podría llevar la firma de un mal imitador de Shyamalan.
Pero no sentenciemos la película con esa innecesaria premura que tanto gusta al hater internáutico. La originalidad ausente que a priori parece gobernar Regression, ese inequívoco aroma a déjà vu de un déjà vu, a película mil veces vista, podría incluso llegar a regalarnos una gema ubicable en algún oasis perdido entre la serie B y la Z, y es esa posibilidad no tan remota la que durante unos segundos, y siempre desde mi enajenado punto de vista, me ha permitido ver con otros ojos lo nuevo de Amenábar, ya que, huelga decirlo a estas alturas de la sección, siempre he sentido una especial debilidad por los largometrajes tarados, defectuosos, contrahechos. En definitiva, sería maravilloso que Alejandro se descolgase de repente con un film así, absolutamente tronado, festivo y en las antípodas de lo que a él le gusta ofrecer, pero sospecho que Regression no será nada de eso y sí una obra de género muy seria y epatante, pues su oscarizado director, a quien en nuestro país siempre se le han atribuido unos poderes casi divinos, pertenece a esa raza de cineastas conspicuos que jamás se mueven por debajo de la masterpiece.
Admito que el creador de Los Otros (2001) se ha embolsado el dinero de mi futura entrada merced al asunto de la secta satánica, así de fácil soy en ocasiones, aunque no logro imaginar qué importancia tendrá tan atractivo elemento en el prodigio que finalmente llegará a nuestras salas. De hecho he llegado a pensar que quizás se trate de una nonada que luego apenas tendrá presencia en pantalla, pero que Amenábar ha dejado de todos modos ahí, en esa maravillosa sinopsis, para caldear el ambiente e intrigarnos mucho antes del esperado estreno, que para algo es un maestro del suspense, poco menos que un Hitchcock nacional. Con el juego que una secta, satánica o no, podría dar si Alejandro se animase a soltarse un poco el pelo. Pero repasando su carrera es fácil imaginar que jamás le veremos protagonizar tras las cámaras ese glorioso momento Pantene: siempre con un ojo puesto en la gloria, el artífice de Tesis (1996) suele cometer el error de tomarse esto del cine con excesiva gravedad, se pone más clásico de la cuenta, y al final, tras una intensa gestación autoral, trae al mundo unos productos que sin duda exhiben un acabado impecable, pero que asimismo recuerdan a la obra de un habilidoso taxidermista: es inevitable reconocer el buen hacer del responsable, pero el deslumbrante tucán que parece agitar sus alas ante nuestros ojos no es más que una pieza decorativa desprovista de vida.
Y a pesar de que su cine nunca me ha reportado el menor atisbo de placer, a pesar de no poder compartir la admiración desmedida que sus seguidores le profesan, y yo que lo siento mucho, no me cuesta reconocer que Amenábar es, como mínimo, propietario de un singular superpoder que en más de una ocasión se ha ganado mi más sonoro aplauso: el aclamado realizador es muy capaz de convertirse en una formidable máquina expendedora de declaraciones estultas, o simplemente desconcertantes, cuando le sientan delante de un periodista. Por poner un ejemplo para ilustrar la anterior afirmación, recuerdo cuando, durante el transcurso de una entrevista realizada con motivo del estreno de Ágora (2009), Alejandro explicó lo siguiente sobre Steven Spielberg, uno de sus cineastas de referencia: «He aprendido que le daba igual el raccord, y que logra el dinamismo no con movimientos de cámara sino con mucha vida dentro del plano». Y ahora masticad esas palabras preñadas de sabiduría. Yo he tenido suficiente por hoy.

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viernes, mayo 29, 2015

Joker. Leto. Damaged...

En serio, ignoro qué estará haciendo exactamente el director David Ayer con Suicide Squad (2016), adaptación a la pantalla del cómic homónimo de DC, pero reconozco que el abundante material gráfico filtrado desde su rodaje ha logrado generar mi curiosidad por el proyecto y también mi confianza en la que a buen seguro será una de sus principales bazas: la más reciente versión del Joker, quien en esta ocasión contará con la sonrisa de Jared Leto, artista que mucho antes de su Oscar por Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée) ya nos había cautivado con otras sorpresas interpretativas, como su transformación en Mark David Chapman, asesino de Lennon, en Chapter 27 (J.P. Schaefer, 2007), o su yonki en la durísima Requiem for a Dream (Darren Aronofsky, 2000).
Cierto es que la primera fotografía oficial del actor/cantante caracterizado como némesis de Batman provocó, salvo casos aislados, el rechazo inicial del siempre exigente fandom, pero es justo decir que ahora, ante la cornucopia de imágenes del célebre supervillano que van llegando desde el set de Suicide Squad, algunos hemos recapacitado para a continuación asentir con un gesto de indudable aprobación. Sí, amigos, a falta de ver el trabajo íntegro de Leto en pantalla, podemos afirmar que lo que estamos viendo de su Joker resulta cuando menos prometedor, que ya es más de lo esperado tras su polémica presentación en sociedad. Personalmente incluso han empezado a importarme menos los detalles que le han añadido al look del personaje, como la innecesaria profusión de tatuajes, especialmente ese damaged que corona su frente, o esas fundas dentales metalizadas que, pensándolo bien, no están exentas de lógica en un mundo en el que, sí, puede que el hombre murciélago se limite a devolverte con vida una y otra vez a tu celda en el Asilo Arkham para criminales dementes, aunque eso no es obstáculo para que antes haya echado abajo tu bonita dentadura a puñetazos. 
Respecto al atormentado vigilante de Gotham, actualmente en manos de Ben Affleck, sabíamos que iba a estar presente de algún modo en Suicide Squad, pero las imágenes y vídeos robados durante la filmación parecen indicar que su participación final podría ir más allá del simple cameo, o al menos eso es lo que podemos inferir si tenemos en cuenta que el batmóvil ya ha estado implicado en al menos una de las persecuciones del film, mientras que su propietario ha sido visto haciendo de las suyas sobre uno de los deportivos que el Joker conduce. Ahí va la prueba: 

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